lunes, 14 de julio de 2008

Biografia de Juan Rulfo

JUAN RULFO
(1917-1986)
Letras

Prodigioso escritor que con sólo dos libros se ganó un lugar entre los clásicos de la literatura universal. Fue uno de los escasos escritores que se cuentan entre los fundadores de la narrativa mexicana moderna. La obra de Juan Rulfo es imaginación y recuerdos traídos de su infancia en los pueblos del Sur de Jalisco. Transmitió de forma realista el ambiente rural de sus novelas y sobrepasó el estilo costumbrista que realzaba las bellezas del campo; en la obra de Rulfo destacan la pobreza, el hambre, el miedo, la aridez de la tierra, la violencia y la muerte. Sus personajes son intensamente humanos y recrean su existencia de forma muy vivaz. Utilizó un lenguaje sencillo, propio de los pueblos que lo inspiraron y así logró una narrativa innovadora y natural que atrapa al lector en el relato.
Sayula fue la tierra que en el amanecer del 16 de mayo de 1917 vió nacer a Juan Nepomuceno Pérez Rulfo Vizcaíno. Recién nacido fue llevado a la hacienda de Apulco, propiedad de sus abuelos maternos, en San Gabriel. Ahí pasó su infancia envuelto del ambiente violento de una época que no terminaba una lucha revolucionaria y vislumbraba una guerra religiosa. Rulfo fue testigo del movimiento de Pedro Zamora, un jefe villista que peleaba su propia revolución en el Sur de Jalisco mediante el ataque a hacendados, entre ellos el padre de Juan y su abuelo materno. Este ambiente de bandidos y muerte se quedó plasmado en el semblante del futuro escritor y en su obra literaria.
Ingresó a la primaria en el colegio de las Josefinas en San Gabriel pero el establecimiento cerró en 1925 debido a la guerra cristera. El pequeño Juan Rulfo pasaba el día leyendo en la casa de su abuela porque salir representaba un peligro, ahí el cura del pueblo había dejado su biblioteca ante la amenaza de la guerra. Su madre murió cuando tenía diez años y fue enviado, junto a su hermano Severiano, al Colegio Luis Silva de Guadalajara. Después ingresó al Seminario Conciliar del Señor San José en Guadalajara y después de una estancia de tres años, regresó a San Gabriel y luego a Apulco. Ahí se amanecía leyendo a la luz de una vela mientras tomaba café, también le gustaba oír música clásica y tomar fotografías.
Cuando tenía 17 años quiso entrar a la Universidad de Guadalajara pero no le fue posible debido a la huelga que sufría esa institución. Viajó a México en 1936, ingresó como oyente en San Ildefonso en estudios de leyes y contabilidad. A los dos años de estar en la capital del país, entró a la Secretaría de Gobernación a trabajar como agente de migración, de ahí lo mandaron en 1943 a Guadalajara para encargarse de la internación de alemanes e italianos debido a la Segunda Guerra Mundial.
Su vocación de escritor se asomaba en ese tiempo con más fuerza. Escribió la novela "El hijo del desaliento", de la que sólo se conoció el texto "Un pedazo de noche", publicado por la Revista Mexicana de Literatura en 1959. Efrén Hernández, un compañero de trabajo a quien Rulfo admitía como su único maestro, lo impulsó para entrara a trabajar en América, revista de la que tiempo después fue miembro del consejo de redactores. En esa publicación aparecieron sus primeros cuentos en 1945. Conoció a Juan José Arreola, Antonio Alatorre, Alfonso de Alba y Adalberto Navarro Sánchez, autores de la revista Pan, donde el mismo 1945 publicó "Macario" y "Nos han dado la tierra".
Se casó con Clara Aparicio en 1948 en Guadalajara, tuvierón cuatro hijos. En 1953, 17 cuentos de Rulfo fueron reunidos en el libro El llano en llamas. En esta obra está plasmada la vida de los campesinos del sur de Jalisco. Todas las narraciones incluidas se reconocen como joyas en el género cuentístico mundial. Se trata de los relatos: "Macario", "Nos han dado la tierra", "La cuesta de las comadres", "Es que somos muy pobres", "El hombre", "En la madrugada", "Talpa", "El llano en llamas", "¡Diles que no me maten!", "Luvina", "La noche que lo dejaron solo", "Acuérdate", "¿No oyes ladrar a los perros?", "Paso del norte", "Anacleto Morones", "La herencia de Matilde Arcángel" y "El día del derrumbe".
Obtuvo una beca en el Centro Mexicano de Escritores cuando tenía 35 años y doce meses después entregó las 127 páginas de la novela Los murmullos que se editó en 1955 con el nombre de Pedro Páramo en la colección Letras Mexicanas del Fondo de Cultura Económica. La novela se desenvuelve sin orden cronológico alrededor de la vida de un cacique rural. La muerte está presente en toda la narración y le da a la obra un tono estremecedor. Rulfo la introduce muy hábilmente a la manera en que las historias de "espantos" se relatan en el campo mexicano. Con esta novela el escritor rebasó la clasificación de "regionalista" que algunos quisieron imponerle y demostró su capacidad de llevar, mediante la palabra, lo local a un plano mundial. Sus obras fueron traducidas al inglés, alemán, francés, polaco, italiano, sueco, holandés, portugués, noruego y danés.
Después de Pedro Páramo, Juan Rulfo escribió guiones para cine. Vicente Rojo los publicó en 1979 con el nombre El gallo de oro. Su filmografía contempla los guiones de las películas: "Talpa", "Paloma herida", "El gallo de oro", "Pedro Páramo", "El rincón de las vírgenes" y "Anacleto Morones", entre otros.
Rulfo se desempeñó en otros trabajos. Fue viajero de la compañía Goodrich Euskadi y promotor de la Comisión del Papaloapan. Fundó la colección de discos Voz Viva de México, laboró el Televicentro de Guadalajara y escribió guiones para cine. Laboró en la Universidad Nacional Autónoma de México, en el Instituto Nacional Indigenista, en la fundación de la Comunidad Latinoamericana de Escritores y como asesor literario del Centro Mexicano de Escritores.
Fue miembro de la Academia Mexicana de la Lengua desde 1976. Recibió el Premio Nacional de Literatura en 1970, la condecoración Francisco de Miranda por el gobierno de Venezuela, se le otorgó un homenaje en el Palacio de Bellas Artes y en 1983 fue distinguido en España con el Premio Príncipe de Asturias.
La vida de Juan Rulfo, envuelta en mitos y leyendas, llegó a su fin el 7 de enero de 1986 en la ciudad de México.
:
Castellanos Pinzón, María de la O y Arturo Curiel (Coordinadores) Jalisco en
el siglo XX, Perfiles, Guadalajara: Universidad de Guadalajara, Consejo
Consultivo de Cátedras Empresariales, ACUDE, Gobierno del Estado de
Jalisco, 1999. P. 257-265
Wolfgang, Vogt. Enciclopedia Temática de Jalisco. Guadalajara: Gobierno del Estado de Jalisco, 1992, T IV, literatura.
"Juan Rulfo. Escritor Magistral", en El Occidental, suplemento especial, Guadalajara, agosto 5 de 1999.

Juan Rulfo "El llano en Llamas", Es que somos muy pobres.



Es que somos muy pobres

Aquí todo va de mal en peor. La semana pasada se murió mi tía Jacinta, y el sábado, cuando ya la habíamos enterrado y comenzaba a bajársen
os la tristeza, comenzó a llorar como nunca. A mi papá eso le dio coraje, porque toda la cosecha de cebada estaba asoleándose en el solar. Y el aguacero llegó de repente, en grandes olas de agua, sin darnos tiempo ni siquiera a esconder aunque fuera un manojo; lo único que pudimos hacer, todos los de mi casa, fue estarnos arrimados debajo del tejabán, viendo cómo el aguas fría que caía del cielo quemaba aquella cebada amarilla tan recién cortada.
Y apenas ayer, cuando mi hermana Tacha acababa de cumplir doce años, supimos que la vaca qué mi papá le regalo para el día de su santo se la había llevado el río.

El río comenzó a crecer hace tres noches, a eso de la madrugada. Yo estaba muy dormido y, sin embargo, el estruendo que traía el río al arrastrarse me hizo despertar en seguida y pegar el brinco de la cama con mi cobija en la mano, como si hubiera creído que se estaba derrumbando el techo de mi casa. Pero después me volví a dormir, porque reconocí el sonido del río y porque ese sonido se fue haciendo igual hasta traerme otra vez el sueño.
Cuando me levanté, la mañana estaba llena de nublazones y parecía que había seguido lloviendo sin parar. Se notaba en que el ruido de
l río era más fuerte y se oía más cerca. Se olía, como se huele una quemazón, el olor a podrido del agua revuelta.
A la hora en que me fui a asomar, el río ya había perdido sus orillas. iba subiendo poco a poco por la calle real, y estaba metiéndose a toda prisa en la casa de esa mujer que le dicen la tambora. El chapaleo del agua se oía al entrar por el corral y al salir en grandes chorros por la puerta. La Tambora iba y venía caminando por lo que era ya un pedazo de río, echando a la calle sus gallinas para que se fueran a esconder a algún lugar donde no les llegara la corriente.
Y por el otro lado por donde está el recodo, el río se debía de haber llevado, quién sabe desde cuándo, el tamarindo que estaba en el solar de mi tía Jacinta, porque ahora ya no se ve ningún tamarindo. Era el único que había en el pueblo, y por eso nomás la gente se da cuenta de que la creciente esta que vemos es la más grande de todas las que ha bajado el río en muchos años.
Mi hermana y yo volvimos a ir por la tarde a mirar aquel amontonadero de agua que cada vez se hace más espesa y oscura y que pasa ya muy por encima de donde debe estar el puente. Allí nos estuvimos horas y horas sin cansarnos viendo la cosa aquella. Después nos subimos por la barranca, porque queríamos oír bien lo que decía la gente, pues abajo, junto al río, hay un gran ruidazal y sólo se ven las bocas de muchos que se abren y se cierran y como que quieren decir algo; pero no se oye nada. Por eso nos subimos por la barranca, donde también hay gente mirando el río y contando los perjuicios que ha hecho. Allí fue donde supimos que el río se había llevado a la Serpentina, la vaca esa que era de mi hermana Tacha porque mi papá se la regaló para el día de su cumpleaños y que tenía una oreja blanca y otra colorada y muy bonitos ojos.
No acabo de saber porque se le ocurriría a la Serpentina pasar el río este. cuando sabía que no era el mismo río que ella conocía de a diario. La Serpentina nunca fue tan atarantada. Lo mas seguro es que ha de haber venido dormida para dejarse matar así nomás por nomás. A mí muchas veces me tocó despertarla cuando le habría la puerta del corral, porque si no, de su cuenta, allí se hubiera estado el día entero con los ojos cerrados, bien quieta y suspirando, como se oye suspirar a las vacas cuando duermen.
Y aquí ha de haber sucedido eso de que se durmió. Tal vez se le ocurrió despertar al sentir que el agua pesada le golpeaba las costillas. Tal vez entonces se asustó y trató de regresar; pero al volverse se encontró entreverada y acalambrada entre aquella agua negra y dura como tierra corrediza. Tal vez bramo pidiendo que le ayudaran . Bramo como sólo Dios sabe cómo.
Yo le pregunté a un señor que vio cuando la arrastraba el río si no había visto también el becerrito que andaba con ella. Pero el hombre dijo que no sabía si lo había visto. Sólo dijo que la vaca manchada pasó patas arriba muy cerquita de donde él estaba y que allí dio una voltereta y luego no volvió a ver ni los cuernos ni las patas ni ninguna señal de vaca. Por el río rodaban muchos troncos de árboles con todo y raíces y él estaba muy ocupado en sacar leña, de modo que no podía fijarse si eran animales o troncos los que arrastraba.
Nomás por eso, no sabemos si el becerro está vivo, o si se fue detrás de su madre río abajo. Sí así fue, que Dios los ampare a los dos.
La apuración que tienen en mi casa es lo que pueda suceder el día de mañana. ahora que mi hermana Tacha se quedó sin nada. Porque mi papá con muchos trabajos había conseguido a la Serpentina, desde que era una vaquilla, para dársela a mi hermana, con el fin de que ella tuviera y capitalito y no se fuera a ir de piruja como lo hicieron mis otras dos hermanas las más grandes.
Según mi papá, ellas se habían hechado a perder porque éramos muy pobres en mi casa y ellas eran muy retobadas. Desde chiquillas ya eran rezongonas. Y tan luego que crecieron les dio por andar con hombres de lo peor, que les enseñaron cosas malas. Ellas aprendieron pronto y entendían muy bien los chiflidos, cuando las llamaban a altas horas de la noche. Después salían hasta de día. Iban cada rato por agua al río y a veces, cuando uno menos se los esperaba, allí estaban en el corral, revolcándose en el suelo, todas encueradas y cada una con un hombre trepado encima.
Entonces mi papá las corrió a las dos. Primero les aguantó todo lo que pudo; pero más tarde ya no pudo aguantarlas más y les dio carrera para la calle. Ellas se fueron para Ayutla o no sé para donde; pero andan de pirujas.
Por eso le entra la mortificación a mi papá, ahora por la Tacha, que no quiere vaya a resultar como sus otras dos hermanas, al sentir que se quedó muy pobre viendo la falta de su vaca, viendo que ya no va a tener con qué entretenerse mientras le da por crecer y pueda casarse con un hombre bueno, que la pueda querer para siempre. Y eso ahora va a estar muy difícil. Con la vaca era distinto, pues no hubiera faltado quien se hiciera el ánimo de casarse con ella, sólo por llevarse también aquella vaca tan bonita.
La única esperanza que nos queda es que el becerro esté todavía vivo. Ojalá no se le haya ocurrido pasar el río detrás de su madre. Porque si así fue , mi hermana Tacha esta tantito así de retirado de hacerse piruja. y mamá no quiere.
Mi mamá no sabe por qué Dios la ha castigado tanto al darle unas hijas de ese modo, cuando en su familia, desde su abuela para acá, nunca ha habido gente mala. Todos fueron criados en el temor de Dios y eran muy obedientes y no le cometían irreverencias a nadie . Todos fueron por el estilo. Quién sabe de dónde les vendría a ese par de hijas suyas aquel mal ejemplo. Ella no se acuerda. Le da vuelta a todos sus recuerdos y no ve claro dónde estuvo su mal o el pecado de hacerla una hija tras otra con la misma mala costumbre. No se acuerda. Y cada vez que piensa en ellas, llora y dice: "Que Dios las ampare a las dos".
Pero mi papá alega que aquello ya no tiene remedio. La peligrosa es la que queda aquí , la Tacha, que va como palo de ocote crece y crece y que ya tiene unos comienzos de senos que prometen ser como los de sus hermanas: puntiagudos y altos y medio alborotados para llamar la atención.
-Sí--dice--, le llenará los ojos a cualquiera donde quiera que la vean. Y acabará mal; como que estoy viendo que acabará mal.
Esa era la mortificación de mi papá.
Y la Tacha llora al sentir que su vaca no volverá porque se la ha matado el río. Está aquí, a mi lado, con su vestido color de rosa, mirando el río desde la barranca y sin dejar de llorar. Por su cara corren chorretes de agua sucia como si el río se hubiera metido dentro de ella.
Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Lora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.